viernes, 30 de junio de 2017

Érase una vez en Rebis - Capítulo 13. El sabor de la codicia



Resumen de los capítulos anteriores: Al final de un largo corredor, encerrada en un círculo de horrores, Samuel Faro a la bella Mio.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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El Viejo, Jeremías. Seudónimo del empresario e investigador químico rebisiano Jeremías García Montenegro (2.322 - ).
Siendo muy joven, hereda la empresa familiar de logística Jeremías e Hijo, llevándola a cotizar en bolsa cuando se hizo con el monopolio del transporte entre la Tierra y Rebis. Con 53 años comienza sus estudios universitarios de química, donde sus compañeros lo apodarán como el Viejo. Cuatro años después, descubre y patenta el GMV-57, una sustancia de máxima viscosidad que absorbe casi la totalidad de los traumas externos que pueden producirse en el viaje espacial, revolucionando el transporte de mercancías delicadas.
A los 75 años cede la dirección del imperio, rebautizado como Tres Jotas Logística, a su hijo Jeremías, al que llamarán el Joven.

Datos extraídos de WikiRebis

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Sebastián Canela, como principal responsable de la operación Mundo Feliz, supervisaba personalmente la descarga de los últimos componentes del motor de velocidad DeBeson-Ca Dei, hallándose acompañado por un selecto grupo de socios capitalistas. La satisfacción que los embargaba era más que evidente, formando todos ellos un compacto grupo de trajes oscuros, maletines de cuero y cascos de obrero blancos del que destacaba el presidente con sus descaradas maneras y su corbata de babuinos de culo rosado.
Como en los envíos anteriores, las piezas habían viajado en total secreto desde la flota hilión al mando del capitán DeArcos Bafa, suspendidas en el seno del GMV-57, material alquilado por un precio desorbitado a la empresa de transportes Tres Jotas Logística. En ese momento, el personal de pista acababa de succionar el GMV-57 del interior del contenedor Madre III, y tras exponer la carga a los allí reunidos, una unidad de recuperación se concentró en rescatar gota a gota, con aspiradores de mano, la sustancia atrapada entre los múltiples pliegues y ranuras que erosionaban su superficie, pues nada podía perderse del maravilloso fluido.
Sebastián echaba de menos la compañía de Samuel, en paradero desconocido desde el día anterior. No era santo de su devoción hacer de maestro de ceremonias ante aquellos chacales que tenía por socios sin el apoyo del que era su mano derecha, y si él no se encontraba cómodo en el papel asignado, qué decir de la hermana Constanza, que hacia ellos se dirigía en un simulacro bastante aceptable de secretaria, enfundada en un sobrio traje de chaqueta, sobre blusa de seda color marfil, que realzaba sus curvas para embarazo de la religiosa y disfrute de los presentes. Un casco ocultaba su cabello cortado a tijeras en la quietud del convento.
–Si me disculpan, he de liquidar el molesto papeleo –dijo Sebastián mientras agitaba la carpeta que le había entregado Constanza, a lo que los empresarios respondieron con la comprensión del hombre de negocios hastiado de los tejemanejes administrativos–. Tardaré lo menos posible.
Acompañado de la joven, Sebastián puso rumbo al despacho de paredes acristaladas instalado en el otro extremo del almacén, donde podrían hablar libres de oídos indiscretos.
–Está muy sexy con ese traje, Constanza; las Hermanas del Dolor de María deberían adoptarlo como hábito.
–Modere sus palabras, Sebastián. Se está ganando una plaza en el Infierno.
–Tengo reservado mi boleto desde hace tiempo, así que guárdese el sermón.
–De todas formas rezaré por usted.
–Siempre es bueno tener aval.
–Eres un caso perdido, Sebastián.
–Y tú mi ángel de la guarda, Constanza.
Bromeando en esos términos, como siempre desde que sellaron la sincera amistad que los unía, llegaron al despacho, tomando asiento a ambos lados de la mesa de baja factura que lo presidía.
–«Mundo feliz» –dijo Constanza tras darle un sorbo a la naranjada que Sebastián había colocado ante ella–. Siempre me he preguntado la razón de un nombre tan... literario.
–Es lo suficientemente genérico como para no despertar la curiosidad –explicó Sebastián, recordando que el nombre había surgido a raíz de un comentario malintencionado–, y si lo piensas verás que se ajusta perfectamente tanto a nuestros intereses como a los suyos –agregó con un gruñido, señalando a los encorbatados que asistían codiciosos a las maniobras de descarga.
–Alguna vez se enterarán de que perseguimos metas distintas –reflexionó Constanza en voz alta–. La cortina de humo de los viajes turísticos interplanetarios no durará eternamente.
»¿Qué ocurrirá cuando conozcan a nuestros socios de seis dedos?
–Entonces tendrán que elegir.
–Comprendo...
El cansancio del largo día se reflejaba en la faz del empresario. Desganado, fue a hojear la carpeta que le trajera Constanza, pero la religiosa frenó sus intenciones negando divertida.
–No te molestes; la he llenado con publicidad del economato.
–¿Algo interesante?
–El refresco de Tombolina Cola está al 3x2.
–Buena oferta.
»Entonces, la razón de tu visita es...
–Tenemos noticias de Samuel.

*        *        *

Tras seis horas de explicaciones y recopilación de equipo, Diego y Gab se hallaban de nuevo en la pequeña sala circular, quebrantados como los héroes de una tragedia griega. A la luz del foco portado por el androide, la media docena de soldados que los acompañaban iniciaron las labores de limpieza, vaivenes de los que era testigo mudo Samuel. El guerrero se hallaba sentado como cierto pensador sobre un gran trozo de porexpán desprendido en la refriega, los ojos fijos en la diosa, y no se sorprendió cuando la desvergonzada sonrisa de Sebastián iluminó un poco más la estancia.
–Tenías una cita con la descarnada y te encuentro ligando con Afrodita. ¿Qué me he perdido, sinvergüenza?
Samuel se esforzó en sonreír. La falta de ventilación había menoscabado su salud, dibujándole medialunas violáceas bajo sus ojos hinchados, y aquella mueca de muñeco desinflado sólo acentuó su cara de zombi. Aun así, le resultaba imposible salir de la sala en busca de aire limpio; no podía separarse de Mio.
Entre inhalaciones a la máscara de oxígeno que le acercaba el oficial médico, Samuel puso a su superior al corriente de lo todo ocurrido. Las trampas, el centinela desplazado, aquella diosa rodeada de horrores… El empresario rumió la información con la vista perdida en los movimientos exactos del androide, incapaz de desentrañar semejante sinsentido.
–Vete a descansar, Samuel; nosotros nos ocuparemos de las estatuas.
»Creo que podremos hacer un buen negocio con ellas.
Un relámpago rojizo sacudió el fondo de los ojos de Samuel, sorprendiendo a su superior y amigo, que rememoró cierta conversación en la que lo acusaba de no ser humano. Samuel acababa de demostrarle lo equivocado que estaba pues… ¿Qué podía identificar más a la Humanidad que la codicia?
Codicia. Sebastián conocía su sabor. Le daba fuerzas al cobarde y convertía al alma noble en su reflejo más oscuro. Como empresario trataba con ella a diario –no tenía más que pensar en los encorbatados que había dejado bajo la supervisión de Constanza–, y como amante del Arte, ya fuera en la exposición de una figura emergente o en las subastas de los grandes, no faltaba quien tuviera los ojos cegados por tan bajo instinto. Samuel deseaba aquella escultura, algo comprensible pues era magnífica. Sebastián se sorprendió pensando que, si se la cedía, quizás su amigo dejaría de regar la falsa planta que lo encadenaba al pasado. Él recuperaría a su mejor hombre y el precio que hubiera alcanzado la diosa en subasta privada se ganaría fácilmente con aquellas gárgolas que harían las delicias de cualquier loco del medievo.
–Samuel. Aquí te estará esperando.
»Te lo juro.



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4 comentarios:

  1. Comienzas el capítulo al mejor estilo Asimov, recordando aquella Enciclopedia Galáctica que abría los capítulos de las primeras entregas de la Fundación a modo de presentación de los personajes. En este caso la Enciclopedia se transforma en la WikiRebis, adaptándola a los tiempos modernos.
    Por lo visto en Rebis las cosas no siempre siguen los cánones actuales y nos encontramos monjas exhibiendo sus mejores atributos, un toque de originalidad sin duda. Como lo es el ingenioso fluído que permite proteger los elementos en el espacio de la falta de gravedad y las molestas sacudidas de un eventual exceso de aceleración. Sin duda una idea a patentar en el futuro de la que se puede sacar partido.
    Algo pasa con la silente estatua de Mio que no nos quieres contar todavía, aunque presiento que no tardaremos en averiguarlo junto con el ensimismado Samuel. Un abrazo.

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    1. Como has visto, amigo Jorge, me gusta habitar Rebis de los más variopintos personajes que, aunque no son relevantes, interactúan de alguna manera con los verdaderos protagonistas. Y me alegra que te recuerde a Asimov, aunque este humilde escritorzuelo no le llega ni a la suela de los zapatos al maestro de la ciencia ficción.
      Monjas guerreras, fluidos extraordinarios y esa Mío que trae de cabeza al bueno de Samuel. Todo tiene cabida en mi Rebis.
      Gracias por tu visita, compañero.

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  2. Pregunta trampa jaja, ¿esa mención a los atributos de la monja es porque quizás termine rompiendo voto de castidad en algún capítulo, o algo casual? A expensas de la respuesta, el resto del capítulo retiene un poco más el misterio sobre la estatua codiciada por Samuel, al tiempo que anuncia la oferta del supermercado y presenta el fluido ese tan peculiar. ¡Hasta la próxima!

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    1. Constanza es toda ella un misterio a desentrañar. ¿Qué deparará el futuro? Lo veremos en los próximos capítulos...
      Amigo José Carlos, en el capítulo 15, con el que termino la temporada hasta después del verano, hay un enlace para que os bajéis lo que llevamos hasta ahora de Rebis en formato ePub. Te lo digo por si quieres lectura ligera para el verano, je, je, je.
      Un saludo, compañero.

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