martes, 14 de marzo de 2017

Érase una vez en Rebis - Capítulo 7. Ejercicio con fuego real


Resumen de los capítulos anteriores: Algo está ocurriendo. Alienígenas y humanos se han unido por un fin común, y la estación espacial Rebis es testigo excepcional de la alianza. Ajeno a todo esto, el pentágono Sirio se prepara para enfrentarse a un ejercicio con fuego real. Durante su desarrollo, se encontrarán con un conocido nuestro.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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La pequeña sala rezumaba un inconfundible aire militar. Rodeados de la gama de naranjas y grises identificativas del ejército rebisiano, los miembros del pentágono Sirio atendían a las explicaciones que les daba Santa, su intendente, tras ordenar con fanatismo castrense el equipo que había elegido para el ejercicio. «Desconocemos las condiciones en las que vamos a trabajar –había comentado la joven mientras comprobaba por enésima vez la carga del armamento–. El láser aumentará considerablemente el peso de vuestro equipo pero es un arma todoterreno en comparación con los livianos subfusiles que tanto os gusta, ¡pistoleros de pacotilla!, y que dependen de la gravedad. Justificaciones aparte, YO soy la responsable del equipamiento y nadie discutirá mis decisiones. ¿Estamos de acuerdo?», a lo que todos asintieron entre sonrisas mientras se ajustaban los trajes de combate Chipojo, de manufactura cubana, que reproduciría digitalmente el entorno que se encontraran.
–Nos olvidaremos de los lanzagranadas, inútiles si nos espera el espacio exterior. En su lugar llevaremos un amplificador de láser que nos turnaremos en la carga. Chaleco blindado de tela de araña, cuchillo, equipo de soporte vital, botiquín... completan a grandes rasgos el equipo.
»Y chicos –se dirigió a Héctor, César y Benjamín tras guiñarle un ojo a Julia–. Mucho cuidado con el explosivo plástico; es poca cantidad pero os puede volar vuestro tesoro más preciado. ¿Alguna pregunta?
La puerta se abrió, enmarcando las figuras del instructor Ramiro Corbacho y de otro militar al que los chicos no conocían. Los sirios se cuadraron, cinco pares de botas que chirriaron al unísono hasta chocar los talones, y pusieron toda la atención en su superior.
–Os presento al teniente Faro –les dijo el instructor sin más preámbulos; el derroche de palabras no era su fuerte–. Está autorizado para observar el desarrollo de vuestro ejercicio…
»...aunque no recuerdo quién dijo que le enviaba.
–Será porque no se lo he dicho.
–¿Y es...?
–Información confidencial.
–Como quiera… Y ustedes no me dejen en ridículo ante el teniente y su… superior.
El instructor Corbacho estudió valorativo el material elegido por Santa, así como el estado de sus uniformes, y se encaró a los chicos con su impenetrable cara de póker. «Deben saber que hemos introducido una adversidad de última hora», dijo, extendiendo misterioso la mano derecha, donde aparecieron cinco bolsitas de plástico con una cápsula dentro, todas iguales. Tras unos segundos de vacilación, Héctor fue el primero en coger una de las bolsas, abrirla y tragarse su contenido, ejemplo que fue seguido al instante por los otros cuatro.
–Uno de vosotros –comentó Corbacho con las bolsas vacías en la mano–, sufrirá mareos y vértigos que lo dejará prácticamente inutilizado. El resto del equipo tendrá que cargar con él; no se abandona a ningún compañero a menos que esté muerto… Y aún así lo veremos con malos ojos. ¿Me habéis oído?
–¡¡SEÑOR. SÍ, SEÑOR!!
–Perfecto –el instructor deslizó la vista por cada uno de los chicos y pudo observar la incertidumbre que los embargaba; estudiaban sin disimulo al resto de compañeros, en busca del más mínimo indicio que revelara la actuación del fármaco, pero aún era pronto para localizar al que sería el eslabón débil del pentágono.
El siseo de aire expulsado atrajo la atención del grupo. Una de las paredes se desplazaba hacia el techo, dejando al descubierto una enorme cristalera a través de la que podía verse la vasta cámara semiesférica donde se iba a desarrollar el ejercicio. Desde esa distancia era inapreciable, pero toda ella, cúpula y suelo, se hallaba microperforada por miles de agujeros, ninguno mayor que el ojo de una aguja.

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De cada uno de los agujeros reptó un hilo flexible, que se abrazó con los más próximos en una espeluznante danza que duró varios minutos. Cuando el movimiento cesó, la forma más simple de un bosque llenaba la cámara, creado por elementos tridimensionales de caras elementales y del color del acero.

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Un manto holográfico cayó desde lo que ahora era el cielo mediterráneo al mediodía, ajustándose como un guante a las distintas estructuras. Podía verse un enorme pino de hojas verdes en el lugar que antes había ocupado un cilindro truncado del que partían otros más finos hacia el techo; las piezas multifaciales habían sido suplantadas por rocas de profundas cavidades en la que el musgo se hallaba adherido mirando hacia el norte, y las ruinas de un caserío coronaban la cumbre de una suave colina. La primavera calentaba con su benigna temperatura la estancia en la que los cinco chicos habían sido testigos del milagro de la creación.

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–Bien –el instructor acabó con la magia tras carraspear sonoramente–. Pasemos a la fase III.
»Activen el ReSen.
Un pequeño botón colocado en la nuca de cada uno de los chavales activó la finísima cinta que les recorría el sistema nervioso a modo de exoesqueleto y que estimularía sus terminaciones nerviosas respondiendo a las órdenes del complejo software bautizado como ReSen. Su fin era conseguir un simulacro de realidad perfecto, y así, los jóvenes que ya habían combatido bajo su influencia estaban convencidos de que un mosquito les había picado o que sufrieron el impacto de una bala. No había nada imposible para ese programa protegido bajo la doble aspa roja de Alto Secreto Militar.
–Su misión –les dijo el instructor tras comprobar el buen funcionamiento del ReSen–, consiste en proteger la huída de un importante científico que deserta de las filas enemigas. Le acompaña nuestro contacto, que sería prescindible en caso necesario, y en tres horas, a contar desde este momento –los sirios ajustaron el cronómetro de sus relojes de pulsera, la pantalla sobre la cara interior de la muñeca para evitar reflejos–, se encontrarán con un destacamento que bloquea su ruta de escape. Pasemos a los informes del satélite espía.
Corbacho explicó en tono monocorde que la oposición que se iban a encontrar les superaba en una proporción de tres a uno. Todos eran androides de combate de los llamados Africanos, que utilizarían fuego simulado vinculado con el ReSen, inofensivo pero realmente doloroso, «Así que no os pongáis a tiro».
–Por contra, ustedes usarán fuego real.
»Eso sí que me da miedo.
El instructor dio por terminado el informe, pero cuando ya salía de la pequeña sala, acompañado del teniente Faro –«Buena suerte», se despidió  del grupo con la mirada fija en César–, se giró con cara de haber recordado algo, aunque la sonrisa que le cruzaba el rostro lo desmentía.
–Se me olvidaba. El enemigo está informado de la cápsula blanca... y sus consecuencias.
El siseo de la puerta al cerrarse ahogó, en beneficio de los jóvenes, las palabras que atropelladas salían de sus bocas, pues les hubieran costado no sólo el ejercicio, sino una larga temporada en los calabozos. ¡Total desventaja frente a los poderosos androides Africanos y una baja que les era conocida! No era justo. Al fin, la voz de la razón se alzó sobre la espesa niebla tejida a base de insultos, maldiciones y desesperanza, y un obstinado silencio acompañó el final de los preparativos.
  –El tiempo corre –dijo Héctor, calándose el sistema de respiración artificial que lo convirtió en el verdadero descendiente de Vader–. El último que apague la luz.

B.A.: 2.017



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viernes, 3 de marzo de 2017

El laberinto de Blackwwod

Fotografía de Javier A. Bedrina

Nota: «El laberinto de Blackwood» fue mi propuesta para el I Concurso de Relatos «Luna Literaria» convocado por la Revista Lúdico-Cultural MoonMagazine. La extensión máxima de la obra debía ser de 8 folios formato A4, mínima de 6, y estar escrita en Time New Roman de tamaño 12 y doble espacio, por lo que os vais a encontrar con un relato más largo de lo que os tengo acostumbrados.
El tema del concurso era libre, pero debía inspirarse en una fotografía del fotógrafo Javier A. Bedrina que los organizadores distribuían al azar entre los participantes. Además de aspirar a un premio en metálico, los diez primeros relatos clasificados formarían parte del libro «Luna Literaria 2016».
De los 257 relatos presentados, «El laberinto de Blackwood» quedó en el puesto número 12, el 2º de la reserva, por lo que estoy más que satisfecho.